Defiende Timothy Garton Ash en un sugerente artículo publicado en la Cuarta Página de El País de ayer que “el año 1989 fue el más importante en la historia mundial desde 1945”, así como “el mejor año de la historia europea.” La primera afirmación no nos ofrece dudas. La segunda tampoco, aunque nos escueza que no se nos haya ocurrido a nosotros. La caída del muro de Berlín significa el fin de una fría guerra civil europea que había durado más de cuatro décadas.
Garton Ash finaliza su artículo con una pregunta: “¿Podemos recuperar algo de la audacia estratégica y la imaginación histórica de 1989? ¿O vamos a dejar que sean otros quienes den forma al mundo, mientras nosotros nos acurrucamos como hobbits en nuestras guaridas nacionales y pretendemos que no hay gigantes dando pisotones sobre nuestras cabezas?”
Ciertamente, todos podemos caer en la tentación hobbitiana, pero quienes profesan la fe nacionalista tienen más probabilidades. El nacionalismo español del PP que mira Europa de reojo, o el nacionalismo catalán de CDC para el que Europa se ha reducido a una manera -bastante ridícula, por cierto-, de no mirar al conjunto de España-, son los ejemplos más próximos y notorios.
Artur Mas, que está alcanzado la excelencia en la práctica de un "independentismo de la señorita Pepis", nos informa en una entrevista publicada en el Diari de Girona que. “a título personal”, votaría que sí si se planteara un referéndum sobre la independencia de Catalunya. Nosotros -también a título personal, para no ser menos-, votaríamos que no. Pero, sobre todo, creemos que la pregunta que realmente vale la pena, la que debe responder nuestra generación, aquella cuya respuesta medirá realmente la dimensión de nuestra ambición es la que nos hace Garton Ash.
