28 junio, 2009

Irán

Separar lo relevante de lo anecdótico, aquello a lo que hemos de dedicar una parte de nuestro limitado tiempo de aquello a lo que no debemos prestar atención, no es tarea fácil en una época en la que la información se amontona delante de nuestros ojos y al lado de nuestros oídos. Y sin embargo no hay tiempo mejor empleado –y que, además, nos ahorre más tiempo- que aquel ocupado en rehusar entrar en ciertos asuntos o debates y, en consecuencia, canalizado hacia cuestiones de mayor envergadura o enjundia. De alguna manera, el grado de madurez que alcanzamos a lo largo de nuestra vida puede medirse por el incremento de nuestra capacidad para rehuir debates innecesarios o temas intranscendentes: en definitiva, de nuestra habilidad para que no nos hagan perder el tiempo más de la cuenta.

Lo que está aconteciendo en Irán durante las últimas semanas es algo en lo que –más allá de nuestra limitada capacidad de incidencia- sí que vale la pena pararse. La imagen de la joven Neda desangrándose forma ya parte de nosotros y, queramos o no, simboliza dramáticamente la lucha de una parte del pueblo iraní –con un protagonismo destacado de los jóvenes y las mujeres- por adquirir la plena ciudadanía, que no es otra cosa dar la cara en la calle para defender la limpieza de unas elecciones.

Vale la pena detenerse en Irán, porque la evolución del país en los próximos años es determinante para el futuro de una región en que se juega una parte no menospreciable del porvenir de nuestro planeta. Irán juega un papel clave en elementos relevantes de la agenda internacional: el conflicto israelopalestino, Afganistán, Irak, el acceso al petróleo y al gas…Que el pueblo iraní, después de la dictadura del Sha y de la dictadura de los mulás empiece a conseguir espacios de libertad es un objetivo ante el cual no podemos permanecer indiferentes.